martes, 5 de mayo de 2020

Sevillano de pro



¿Os gusta la historia? esa historia llena de grandes anécdotas y curiosidades.... 

… hoy os voy a hablar de un sevillano de pro, de un hombre que nació en esta tierra pero murió en otra, aunque... 

¿Sabéis que Bécquer tuvo dos entierros? Pues si ¡Y qué equivocado estaba nuestro Gustavo Adolfo al pensar en su legado! El poeta amaba Sevilla y siempre pensó que quedaría en el olvido y así lo hace ver en algunas de sus rimas, creía que su obra no iba a perdurar y mucho menos que lo recordarían después de su muerte. No, no tenía mucha visión de futuro el muchacho y así lo escribió: 


Al ver mis horas de fiebre

E insomnio lento pasar,

A la orilla de mi lecho,

¿Quién se sentará?

Cuando la trémula mano

Tienda, próximo a expirar,

Buscando una mano amiga,

¿Quién la estrechará?

Cuando la muerte vidrie

De mis ojos el cristal,

Mis párpados aún abiertos,

¿Quién los cerrará?

Cuando la campana suene

(Si suena en mi funeral),

Una oración al oírla,

¿Quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos

Oprima la tierra ya,

Sobre la olvidada fosa,

¿Quién vendrá a llorar

¿Quién, en fin, al otro día

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

quién se acordará?



Nada más lejos de la realidad, en 1870 fue enterrado en Madrid, casi en el mismo momento de la muerte del poeta, existe la intención, aunque en círculos literarios muy restringidos, de que Bécquer regrese a Sevilla, sin embargo, hasta 1913 no se exhumaron sus restos y fueron trasladados a la ciudad que le vio nacer.  




La comitiva se dirigió a la estación de Atocha en una carroza con tiro de cuatro caballos. El ataúd  fue trasladado en un vagón tapizado de negro. El tren partió de Madrid a las cinco de la tarde y llegó a Sevilla el 10 de abril en el tren de la mañana de las siete cuarenta. Los restos fueron colocados en una capilla ardiente improvisada en la estación. Era jueves y en Sevilla llovía torrencialmente, tanto que hubo que suspender el cortejo fúnebre que devolvía los restos de Gustavo a Sevilla hasta el día siguiente, para ofrecerle un segundo entierro. 


Este descanso definitivo fue seguido por un gran número de ciudadanos, que también querían rendir su último homenaje al poeta. En el cortejo fúnebre, escoltado por la Guardia Municipal Montada, tanto académicos como importantes nombres de la política acompañaron los restos del poeta romántico portando cirios encendidos que dotaban de un aura de inmortalidad una escena que sería inolvidable para los allí presentes.  




Él quería que a su muerte lo enterrasen en un lugar que frecuentaban los sevillanos, a la orilla del Guadalquivir en el camino del monasterio de San Jerónimo. 

«Una piedra blanca con una cruz y mi nombre serían todo el monumento». 

Pero no fue así,  sus restos reposan en un lugar estremecedor, oscuro, sobrio y sombrío. Un escenario digno y distinguido, pero muy diferente del que el poeta soñó como última morada. EL PANTEON DE SEVILLANOS ILUSTRES. Los poetas Antonia Díaz y su marido José Lamarque de Novoa fueron los mecenas de Gustavo Adolfo Bécquer. Gracias a ellos que pagaron su primera obra fue conocido y no se perdieron sus poemas.


F.M.

No hay comentarios: